Lula, el estatismo y la manipulación política de la memoria histórica
- 28 jul
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Las recientes declaraciones de Luiz Inácio Lula da Silva reabrieron una herida histórica e indignaron a Paraguay. Desde la planta defensiva de Avibras Aeroco en Jacareí (São Paulo), el mandatario afirmó: "A nosotros nos gusta la paz, pero no podemos olvidar que, un buen día, Paraguay decidió invadir Brasil. Invadió Corumbá y, al mismo tiempo, invadió Uruguay y Argentina". Al atribuir a Paraguay la responsabilidad exclusiva de esa invasión para defender el gasto militar de su país, el presidente brasileño no solo presentó un relato discutible del pasado, sino que expuso una peligrosa ligereza política al manipular la historia para su agenda interna.

El episodio importa por dos razones. La primera es histórica: la Guerra de la Triple Alianza dejó una devastación descomunal sobre Paraguay, con pérdidas humanas, territoriales y económicas que marcaron al país por generaciones. Reducir ese proceso a una frase efectiva no es un simple desliz retórico; es una forma de banalizar una tragedia nacional. La segunda razón es política: cuando un jefe de Estado usa el pasado como herramienta de propaganda, debilita la seriedad del debate público y reemplaza la verdad por conveniencia.
Este tipo de declaraciones revelan un problema más profundo: la facilidad con la que los Estados convierten la historia en relato oficial para fortalecer el poder, construir lealtades y justificar el gasto público. Lula recurrió a un conflicto del siglo XIX para defender unas Fuerzas Armadas “bien preparadas”, pero el argumento termina sirviendo más a la lógica del aparato estatal que a la seguridad real de los ciudadanos. En vez de promover la prudencia institucional y la cooperación entre naciones, el discurso apela a la épica militar y a viejos antagonismos.
La reacción paraguaya fue comprensible y necesaria. Desde el Congreso y desde distintos sectores políticos se exigió respeto a la memoria nacional, recordando que Paraguay no puede ser tratado como un actor secundario dentro de una narrativa brasileña centrada en sus propias necesidades internas. El problema no es solo que Lula haya molestado a Paraguay; es que normalizar ese tipo de mensaje abre la puerta a que los gobiernos reescriban el pasado según la conveniencia del momento.
También hay un dato geopolítico que no conviene ignorar. Brasil es un socio central para Paraguay, y precisamente por eso el vínculo bilateral debería estar basado en el respeto, la cooperación voluntaria y la madurez diplomática, no en provocaciones innecesarias. Cuando un presidente usa una herida histórica para enviar un mensaje interno, el costo lo termina pagando la relación entre pueblos que deben mirarse como aliados comerciales y no como rivales de una retórica reciclada.
Lo más preocupante es que este tipo de gestos suele pasar como simple polémica mediática, cuando en realidad expresa una cultura política más amplia: la de los Estados que se sienten con derecho a reinterpretar la historia, expandir su influencia y concentrar poder en nombre de causas superiores.
El antídoto es claro: menos propaganda estatal, más verdad histórica; menos manipulación emocional, más respeto por la soberanía de los pueblos; menos culto al músculo militar, más prioridad a la libertad individual y al intercambio pacífico entre naciones.
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