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Alfaro le faltó el respeto al fútbol paraguayo

  • 26 jun
  • 4 min de lectura

Por Pablo Cristaldo


Más preocupantes que los números fueron las explicaciones. Gustavo Alfaro eligió justificar el fracaso deportivo trasladando parte de la responsabilidad a sus futbolistas, un grupo que ha hecho del sacrificio, la disciplina y la obediencia táctica su principal identidad. Paraguay puede aceptar una mala racha; lo que no debería aceptar es que se ponga en duda el compromiso de quienes dejaron todo en la cancha, y mucho menos la identidad futbolística que nos caracteriza.


Gustavo Alfaro
Involucrado de más en cuestiones totalmente ajenas a sus funciones como DT, apareciendo numerosamente con el presidente Peña y recurriendo a discursos grandilocuentes, parece más una figura política que un estratega del fútbol. Alfaro debería pedir disculpas por sus declaraciones desacertadas y ponerse a trabajar, respetando a país que representa. Foto : trece.

El fútbol paraguayo nunca construyó su prestigio desde la arrogancia. Lo hizo desde la humildad, el orden, el sacrificio y una capacidad histórica para competir contra selecciones objetivamente superiores. Esa fue siempre nuestra marca registrada. No éramos los favoritos, pero tampoco éramos un rival cómodo. Ese respeto no nació de los discursos, sino de décadas de trabajo y de equipos que jamás negociaron ningún milímetro en el campo de juego.


Por eso sorprendieron tanto las últimas declaraciones de Gustavo Alfaro. En su intento por explicar un Mundial decepcionante desde lo táctico y futbolístico, terminó instalando un relato que desplaza parte de la responsabilidad hacia los jugadores. Un entrenador puede equivocarse en un planteamiento, en una convocatoria o en la lectura de un partido. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que, cuando llegan las explicaciones, quienes aparecen bajo la lupa sean precisamente los futbolistas que se caracterizaron por obedecer cada indicación y vaciarse físicamente durante los noventa minutos. Cada estrategia demanda el esfuerzo de los futbolistas, unas más que otras, y eso Alfaro lo sabe más que nadie.


Alfaro llegó a pedirle a la prensa que "lo golpeen a él y no a los jugadores". La frase pretendía sonar protectora, pero parte de un diagnóstico equivocado. Porque, en realidad, la inmensa mayoría del pueblo paraguayo nunca convirtió a los jugadores en el blanco de las críticas. Cualquiera que haya seguido a esta selección sabe que, más allá de las limitaciones futbolísticas, los futbolistas dejaron todo en la cancha. El paraguayo puede cuestionar una decisión técnica o un esquema conservador, pero difícilmente castigue a quien corre, mete y representa con dignidad la camiseta nacional. Por lo tanto, ese petitorio parecía más una apertura de paraguas que un intento por "proteger" a sus pupilos, más allá de que el propio Alfaro depreció el valor de los jugadores de una manera sorprendente en la última conferencia de prensa. Si lo hubiésemos sabido antes, no hubiera necesidad de pedirlo, ¿no?


El problema, entonces, no es solamente la frase. Es el contexto. Cuando un entrenador insiste en explicar un bajo rendimiento colectivo recurriendo a argumentos sobre ejecución, interpretación o respuesta de sus dirigidos, inevitablemente traslada parte del peso del fracaso hacia un plantel que respondió con profesionalismo y disciplina. Y eso termina siendo profundamente injusto y doloroso para los jugadores. Alfaro es el único responsable de este bajón futbolístico, al plantear de manera cobarde los partidos, y apelando a los destellos individuales, que terminaron desgastando el físico de sus dirigidos. Más allá de que, meses anteriores, nos había advertido que "con lo que mostramos en las Eliminatorias no era suficiente", tuvo el tiempo necesario para perfeccionar las armas, acertando en la convocatoria de Maurício, un ordenador de juego que tanta falta hizo en el esquema albirrojo, y que de manera totalmente inexplicable nunca arranca de titular, por dar un ejemplo.


La historia, además, desmiente cualquier intento de relativizar la competitividad paraguaya. Paraguay atravesó eliminatorias mucho más difíciles que las actuales. Hubo épocas con menos plazas para los mundiales, cuando clasificar era una hazaña considerablemente mayor. También enfrentó rivales de enorme jerarquía, varios de ellos campeones del mundo o potencias consolidadas. Sin embargo, la selección paraguaya encontraba la manera de competir, de incomodar y de hacerse respetar.


Es cierto que el país estuvo ausente en los últimos tres mundiales. Nadie pretende ignorar esa realidad. Pero una mala racha no borra una identidad construida durante décadas. La mística paraguaya sigue existiendo. El respeto internacional hacia esta camiseta no desapareció por tres eliminatorias fallidas. Sigue siendo una selección que, cuando respeta su esencia, obliga a cualquier rival a jugar al límite. Esta mística es difícil de sostener si se recurre a una línea de 5 defensores contra una selección ultradefensiva como Australia. Lo que pasó contra Estados Unidos es harina de otro costal, del cual ya hablé en un artículo anterior, y lo que pasó contra Turquía fue absolutamente heroico por parte de los jugadores.


El mejor ejemplo de identidad futbolística paraguaya quizá sea Gerardo "Tata" Martino. Nunca necesitó discursos sobrecargados para convencer al país de que había un proyecto serio. Nunca buscó explicaciones rebuscadas cuando las cosas no salían. Mucho menos insinuó que el problema estaba en la entrega o el nivel de sus futbolistas. Trabajó con perfil bajo, construyó un equipo competitivo y terminó conduciendo a Paraguay hasta la mejor campaña mundialista de su historia. Martino entendió algo fundamental: el futbolista paraguayo puede tener limitaciones técnicas frente a otras selecciones, pero posee una disposición al trabajo, una fortaleza mental y un compromiso que constituyen un patrimonio futbolístico invaluable. Su tarea consistía en potenciar esas virtudes, no en convertirlas en parte del problema, y mucho menos buscar culpables afuera cuando las cosas no salían.


Hoy Paraguay necesita menos discursos y más fútbol. Menos conferencias cargadas de explicaciones y más horas de trabajo táctico. Menos intentos por instalar emociones y más autocrítica desde el cuerpo técnico. Porque la responsabilidad principal por un funcionamiento colectivo siempre comienza en quien diseña el plan, y este plan no está funcionando, está llevando al límite el físico de los jugadores y nos está dejando afuera de un Mundial, que en papeles previos hasta parecía posible un podio, por lo que estaba mostrando la Albirroja.


La sugerencia para Gustavo Alfaro es sencilla. Que se aleje por un tiempo de los micrófonos y se acerque aún más al campo de entrenamiento. Que trabaje con lo mejor que tiene. Que respete la identidad del futbolista paraguayo en lugar de intentar justificar sus errores a costa de ella. El paraguayo ha demostrado una y otra vez que, incluso cuando las estadísticas no lo favorecen, puede competir de igual a igual con cualquiera. Pero para lograrlo necesita algo indispensable: sentirse respetado, empezando por quien tiene la responsabilidad de conducirlo.


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