Racismo: Francia con la casa desordenada y la sumisión del Gobierno del Paraguay al poder europeo
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Por Pablo Cristaldo
Los insultos racistas contra Kylian Mbappé tras el partido entre Paraguay y Francia merecen una condena sin matices. Sin embargo, el debate no termina allí. Francia, que hoy anuncia acciones judiciales contra Celeste Amarilla, la autora de esas expresiones, también debe recordar que el racismo ha formado parte de su propia historia futbolística. Y, al mismo tiempo, cualquier respuesta jurídica debe respetar un principio esencial del Derecho Internacional: la soberanía de los Estados y la prohibición de injerencias en los asuntos internos de otras naciones.

El racismo constituye una negación de la dignidad humana. No admite justificaciones, relativizaciones ni dobles estándares. Los comentarios dirigidos contra Kylian Mbappé por su origen y color de piel fueron ofensivos y merecen ser rechazados con absoluta firmeza.
La Federación Francesa de Fútbol (FFF) anunció que presentará una denuncia penal por considerar que esas expresiones constituyen manifestaciones racistas, delictivas e incompatibles con los valores que representa el deporte francés. La fiscalía francesa, a partir de esa denuncia, abrió una investigación por presuntos delitos de odio e incitación a la discriminación.
Frente a ello, corresponde hacer una primera afirmación clara: ninguna persona, sea deportista, funcionario o ciudadano común, debería ser objeto de ataques basados en su raza o ascendencia. Pero la coherencia exige una segunda reflexión.
Francia no puede presentarse como un país completamente ajeno a este problema. El fútbol francés ha atravesado episodios que demuestran que las tensiones vinculadas a la raza y la identidad también existen dentro de sus propias instituciones.
El caso más conocido fue el denominado "escándalo de las cuotas" de 2011, cuando trascendieron conversaciones internas de la Federación Francesa de Fútbol sobre la posibilidad de limitar determinados perfiles étnicos en los centros de formación. Años después, Karim Benzema sostuvo públicamente que existían sectores de la sociedad francesa cuya influencia afectaba decisiones relacionadas con la selección nacional. Aunque esas acusaciones nunca fueron acreditadas judicialmente, reflejaron un debate profundo que Francia aún no ha resuelto.
Por ello, antes de señalar el racismo ajeno, también corresponde comenzar por casa.
Ahora bien, existe otro aspecto que merece una reflexión jurídica. La FFF tiene pleno derecho a acudir a los tribunales franceses y a utilizar los mecanismos legales que su ordenamiento jurídico pone a disposición cuando considera que un ciudadano francés ha sido víctima de delitos de odio. Ese derecho forma parte del funcionamiento normal del Estado de Derecho. Sin embargo, otra cuestión muy distinta sería pretender que autoridades o instituciones extranjeras condicionen el funcionamiento interno de la República del Paraguay.
Desde el punto de vista del Derecho Internacional Público, Paraguay es un Estado soberano e independiente. La igualdad soberana de los Estados, consagrada en la Carta de las Naciones Unidas, implica que ningún Estado puede imponer decisiones políticas o institucionales dentro del territorio de otro Estado fuera de los mecanismos previstos por el propio derecho internacional. Asimismo, la Constitución de la República del Paraguay reconoce la independencia de los poderes públicos y la soberanía nacional como pilares fundamentales del orden constitucional. En consecuencia, cualquier eventual responsabilidad política, disciplinaria o institucional de una autoridad paraguaya corresponde exclusivamente a las instituciones paraguayas competentes, conforme a la Constitución y las leyes nacionales. Esto no significa impunidad, significa independencia en la jurisprudencia de cada país, lo cual es sano bajo todas luces.
Las expresiones difundidas en una red social pueden generar consecuencias jurídicas allí donde la legislación resulte aplicable. Si las autoridades francesas consideran que determinados mensajes difundidos públicamente lesionan bienes jurídicos protegidos por su legislación, pueden iniciar los procedimientos que su derecho interno autoriza y solicitar cooperación internacional por las vías legales correspondientes. Pero ello es muy diferente de admitir presiones políticas o injerencias extranjeras sobre las decisiones soberanas del Paraguay.
El respeto entre naciones exige reconocer simultáneamente dos principios: el rechazo absoluto al racismo y el respeto irrestricto a la soberanía estatal.
Respuesta del Gobierno Nacional. También merece una reflexión la reacción del propio Gobierno paraguayo. En un comunicado oficial, el Gobierno del Paraguay repudia las expresiones de la legisladora en cuestión hacia el jugador francés, afirmando su compromiso con el rechazo a toda expresión de racismo, levantando una innecesaria e inoportuna polvareda diplomática, y mostrando al mundo la absoluta sumisión del Ejecutivo paraguayo a las susceptibilidades europeas.
Vale aclarar que las expresiones que originaron esta controversia fueron realizadas por una legisladora a través de una red social y fuera del ejercicio de sus funciones parlamentarias. No constituyeron una declaración del Congreso Nacional, no fueron aprobadas por ninguna de sus cámaras ni expresaron una posición oficial del Estado paraguayo.
En un sistema republicano, los actos y opiniones personales de un legislador pertenecen al ámbito de su responsabilidad individual. El Poder Ejecutivo no está obligado a asumir esas manifestaciones como si representaran automáticamente la posición institucional del país. Por ello, resulta cuestionable la decisión del Gobierno Nacional de intervenir públicamente en este episodio. La controversia no involucraba una postura oficial del Paraguay frente a Francia, ni una decisión adoptada por alguna institución del Estado, sino una expresión individual emitida fuera del marco de las funciones legislativas.
La necesidad de una respuesta oficial también merece ser analizada. Un Gobierno debe reservar sus intervenciones para aquellos asuntos donde exista un verdadero interés nacional comprometido, una posición institucional que defender o una situación que requiera una acción diplomática concreta. No toda declaración polémica de un ciudadano, incluso cuando ocupa un cargo público, debe transformarse en un asunto de Estado.
Al elevar una opinión personal al nivel de una cuestión diplomática, el Gobierno terminó otorgándole una representación que originalmente no tenía, generando la impresión de que esas expresiones reflejaban el sentir del pueblo paraguayo o una posición oficial de la República, cuando en realidad sólo se trataba del posteo de una legisladora en el ardor de su indignación personal momentánea, que , dicho sea de paso, posteriormente fue borrado. La reacción oficial parece más cercana a una búsqueda de posicionamiento político frente a una controversia mediática que a una verdadera necesidad institucional. La política exterior de un país no debería construirse en función de la presión coyuntural de las redes sociales ni de la reacción inmediata de actores internacionales, sino sobre la base de principios permanentes de soberanía, prudencia y defensa del interés nacional.
Esto no implica justificar expresiones discriminatorias ni desconocer las consecuencias que puedan corresponder a quien las emite. Significa defender un principio republicano básico: cada persona responde por sus propios actos y palabras, y el Estado no debe apropiarse de opiniones individuales ni convertirlas en una representación colectiva de la Nación. La madurez institucional consiste precisamente en saber diferenciar entre una conducta personal reprochable y una posición oficial del Estado. Confundir ambas realidades debilita la autoridad de las instituciones y expone innecesariamente al Paraguay en escenarios internacionales.
La reacción francesa. Otro elemento que merece atención en esta controversia es el tratamiento que algunos sectores de la prensa francesa y figuras vinculadas al fútbol han dado al Paraguay luego del encuentro.
Una cosa es analizar un partido de fútbol, cuestionar una estrategia, criticar una declaración individual o debatir sobre las circunstancias deportivas de una derrota. Otra muy diferente es utilizar un episodio puntual para construir una imagen negativa de todo un país o de su sociedad, cosa que ni Amarilla, ni ningún otro paraguayo mediáticamente relevante ha hecho.
En los días posteriores al encuentro, algunas voces provenientes del ámbito mediático y futbolístico francés adoptaron un tono que, en lugar de limitarse al análisis deportivo, transmitió una mirada despectiva hacia Paraguay y su cultura futbolística. Figuras reconocidas del fútbol francés, como Christophe Dugarry, quien se refirió al fútbol paraguayo como "prehistórico", "aburrido", y que "le da ganas de vomitar", manifestando su felicidad por la eliminación de Paraguay, y pidiendo que "ya no le hablen más" de nuestro país, o Eric Cantona, al referirse al juego paraguayo — suponemos — de la siguiente manera: "pobres mentes subdesarrolladas, se extinguirán como los dinosaurios". Mientras se condenan —correctamente— expresiones individuales que afectan la dignidad de un futbolista francés, también debe existir la misma sensibilidad frente a expresiones públicas que descalifican a una selección y a una tradición futbolística nacional. Criticar un planteamiento táctico es parte del deporte; reducir a un país entero a una caricatura de inferioridad deportiva refleja una mirada prejuiciosa que también merece ser cuestionada. Las palabras tienen consecuencias y quienes poseen una gran influencia pública tienen también una mayor responsabilidad.
El diario Le Parisien publicó una nota donde recogía expresiones muy críticas hacia Paraguay, describiendo la actuación paraguaya como una presentación de "anti-fútbol" y señalando una supuesta actitud agresiva durante el partido. Otros medios franceses utilizaron términos como: "fútbol desagradable"; "campo minado"; o "juego excesivamente restrictivo". Estas expresiones estuvieron dirigidas al planteamiento táctico y no constituyen, por sí mismas, ataques raciales o étnicos, sin embargo existe una asimetría en la sensibilidad del debate público al respecto. Mientras se exige una condena inmediata y mundial cuando una persona paraguaya realiza una expresión ofensiva contra un futbolista francés, algunos sectores mediáticos franceses utilizan un lenguaje de fuerte descalificación hacia una selección nacional y su identidad futbolística sin considerar que detrás de esa camiseta también existe una historia, una cultura y una nación.
La lucha contra el racismo y la discriminación no puede convertirse en una herramienta selectiva que condene únicamente aquello que ocurre en una dirección. Si se exige respeto hacia un futbolista francés, también debe exigirse respeto hacia un país latinoamericano, hacia sus ciudadanos y hacia su identidad nacional. El principio debe ser universal: ninguna persona debe ser juzgada por la nacionalidad de la que proviene, por la historia de su país o por los errores individuales cometidos por alguno de sus representantes.
Paraguay no puede aceptar una narrativa en la cual una expresión individual de una legisladora sea presentada como representación del carácter de todo un pueblo, mientras que las expresiones de figuras públicas extranjeras sean justificadas como simples opiniones personales.
Si realmente existe un compromiso con combatir el odio y la discriminación, ese compromiso debe comenzar por reconocer que el desprecio hacia una nación, una cultura o un pueblo también puede adoptar formas de prejuicio. La superioridad moral no pertenece a ningún país; se demuestra mediante la coherencia.
El respeto debe ser recíproco. Paraguay puede reconocer y condenar cualquier expresión racista surgida dentro de sus fronteras, pero también tiene derecho a exigir que su pueblo no sea convertido injustamente en objeto de estigmatización por una controversia protagonizada por una persona determinada, y mucho menos ser cuestionada en su cultura táctica, porque no existen reglas de cómo jugar dentro del rectángulo, táctica que se extrapola perfectamente a la forma en la que, como nación, nos hemos defendido históricamente de potencias superiores a nosotros. Si realmente se desea combatir toda forma de discriminación, el criterio debe ser universal. Debe aplicarse cuando la víctima es negra, blanca, mestiza o de cualquier otra procedencia. Y también debe aplicarse con la misma honestidad hacia adentro que hacia afuera.
Paraguay se presenta a la cancha y a la vida de la misma forma: No va a permitir que, divertidamente, le encajes un gol, o le faltes el respeto. Seas Mbappé, Dugarry, o quien seas, y tampoco necesita de sus políticos para defenderse y con ello saques provecho político.




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