Cuando el árbitro juega para un equipo: La economía y el fútbol tienen más en común de lo que parece
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Por Pablo Cristaldo
Cuando el Estado abandona su rol de árbitro imparcial y empieza a intervenir en la economía, distorsiona las reglas del juego y perjudica a quienes realmente generan riqueza: trabajadores y emprendedores. El paralelismo con un arbitraje parcial en el fútbol expone con claridad cómo una intervención indebida puede alterar la dinámica del juego, el resultado y dañar a los verdaderos protagonistas.

En toda economía sana, la riqueza no surge de los decretos, de las oficinas públicas ni de los discursos políticos. La riqueza es creada por quienes producen, trabajan, emprenden, invierten y asumen riesgos. Son los actores económicos quienes generan valor, empleo y prosperidad. El Estado, en el mejor de los casos, debería limitarse a garantizar reglas claras y proteger los derechos de las personas. Sin embargo, cuando los políticos deciden intervenir en los mercados para favorecer intereses particulares, controlar precios o manipular sectores económicos, terminan alterando los incentivos naturales que permiten el crecimiento y la cooperación voluntaria.
La historia económica está llena de ejemplos donde la intervención estatal produjo exactamente el efecto contrario al prometido. Controles de precios que generaron escasez, subsidios que distorsionaron la competencia, regulaciones excesivas que expulsaron inversiones y burocracias que encarecieron la producción. Cada vez que el poder político intenta reemplazar las decisiones de millones de individuos por las decisiones de unos pocos funcionarios, el resultado suele ser menos eficiencia, menos innovación y menos prosperidad. El mercado puede cometer errores, pero ninguna oficina gubernamental posee la información dispersa que manejan diariamente quienes participan de la actividad económica.
El paralelismo con el deporte es evidente. En un partido de fútbol, los protagonistas son los jugadores. Son ellos quienes entrenan, se esfuerzan, generan espectáculo y producen el resultado deportivo (y las ganancias económicas). El árbitro, por el contrario, debería limitarse a hacer cumplir las reglas del juego. Su función no es definir al ganador ni inclinar la cancha hacia uno de los equipos. Cuando un árbitro actúa con parcialidad o corrupción, deja de ser un garante de las reglas para convertirse en un factor de distorsión que perjudica a quienes verdaderamente producen el fútbol, los jugadores.
Eso es precisamente lo que muchos aficionados percibieron en el reciente encuentro entre Paraguay y Estados Unidos, por el mundial que se está disputando en suelo estadounidense. Más allá de las capacidades o errores propios de cada selección, la incidencia arbitral fue tan determinante que terminó condicionando el desarrollo natural del partido. Los paraguayos, acostumbrados al juego físico, brusco, masculino, no pudieron continuar con su repertorio defensivo cuando el árbitro holandés Danny Makkelie comenzó, desde el minuto 1, a criminalizar el estilo de juego paraguayo con faltas inexistentes a favor del conjunto de las barras y las estrellas, dando las divididas al conjunto contrario, y ocasionando, así, que el conjunto guaraní pierda uno de sus recursos más efectivos en pos de mantener el onceno en cancha, y su consecuente poder de disuasión contra quienes pretendan jugar con una habilidad sin su correspondiente y férrea marca personal.
Cuando las decisiones arbitrales alteran el resultado, los principales perjudicados son los jugadores, que son quienes generan el espectáculo y deberían ser juzgados únicamente por su desempeño dentro del campo bajo un criterio coherente con el nivel de competitividad que requiere un Mundial de fútbol. El árbitro deja entonces de ser un custodio de las reglas para convertirse en un actor que modifica artificialmente el resultado.
La economía funciona bajo una lógica similar. Cuando los políticos utilizan el poder del Estado para favorecer sectores, castigar competidores o manipular mercados, actúan como árbitros corruptos que abandonan la neutralidad para intervenir directamente en el marcador. Los perjudicados son los trabajadores, empresarios y consumidores que crean la riqueza real de una nación. Del mismo modo que el fútbol pertenece a quienes juegan, la economía pertenece a quienes producen. Cuando el árbitro quiere convertirse en jugador, o el político quiere convertirse en empresario, el resultado casi siempre es el mismo: menos justicia, menos libertad y un resultado adulterado. Personalmente, deseo que el seleccionado albirrojo tenga la entereza suficiente para reponerse de esta caída ocasionada por factores externos, corregir los errores propios que se consideren oportunos y seguir por la senda de los triunfos, ya que como país, es la única alegría que tenemos, alegría que los degenerados de la política, que nos privan de las demás alegrías, y fuera de cualquier permiso razonable, están disfrutando con la nuestra en primera fila.




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