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Cuando el árbitro se cree dueño del partido: la FIFA y la muerte lenta del fútbol

  • hace 2 horas
  • 4 min de lectura

Por Pablo Cristaldo


Una vez más, Paraguay como conejillo de indias para experimentar reglas absurdas, los paralelismos de intervención y entorpecimiento que provocan los que no producen, ni fútbol, ni ganancias, son inevitables. Cada vez más reglamentos, cada vez menos fútbol, y cada vez menos paciencia.


árbitro
Iván Barton, el verdugo de turno para los guaraníes, sacando la tarjeta roja a Miguel Almirón, por taparse la boca, una nueva "falta" implementada por la FIFA para evitar actos de racismo en el campo de juego. Cuando el ente regulador del deporte pretende resolver un asunto cultural a través de un reglamento vinculante al resultado, se degrada el deporte. Foto : futbolcentroamerica.com

El fútbol fue durante más de un siglo un deporte sencillo: dos equipos, una pelota y un árbitro encargado de garantizar que el juego pudiera desarrollarse con justicia. Hoy, sin embargo, la FIFA parece empeñada en transformar ese deporte dinámico y apasionante en un laboratorio burocrático donde el reglamento ocupa más espacio que el propio juego. La obsesión por controlar cada gesto, cada palabra y cada situación dudosa está convirtiendo al fútbol en una caricatura de sí mismo. Lo que debería ser una celebración del talento y la competencia se está transformando en un espectáculo interrumpido constantemente por procedimientos, protocolos y decisiones administrativas que poco tienen que ver con el desarrollo natural del partido, perjudicando así a los que realmente se preparan para torneos como el que estamos disfrutando en estos días.


El encuentro entre Paraguay y Turquía dejó una muestra preocupante de esta tendencia. En lugar de concentrarse en proteger la integridad física de los jugadores y sancionar conductas verdaderamente antideportivas, el arbitraje decidió convertirse en guardián de disposiciones absurdas, castigando acciones que no afectan en absoluto el desarrollo del juego. El resultado fue una expulsión de Miguel Almirón en el ocaso del primer tiempo, por "tapase la boca" al dirigirse verbalmente al jugador turco Mert Müldür, que condicionó a Paraguay durante gran parte del segundo tiempo, obligando al equipo a competir en inferioridad numérica y sometiendo a los jugadores a un desgaste físico completamente innecesario, además de que la FIFA amenaza con abrir un expediente contra Almirón, para determinar qué realmente le dijo al oponente, y así extender la sanción que recae sobre el paraguayo. Absurdo desde todo punto de vista. No fue el fútbol el que decidió el desarrollo del encuentro; fue la burocracia reglamentaria, y el afán de "resolver" un asunto de índole preminentemente cultural en un campo de fútbol.


El mismo Almirón ya fue perjudicado en el partido anterior contra EEUU, al ser víctima de una revisión ex tempore de una jugada donde simula una falta (el cual fue de interpretación correcta, lo que se cuestiona es el exagerado letargo en la decisión final), y el equipo paraguayo en general condicionado, al notar que su estilo de juego fue constantemente criminalizado por el colegiado holandés Danny Makkelie en el encuentro anterior, donde cae por 4-1.


Además de ser el primer equipo en la historia del fútbol en sufrir un tiro de esquina sin que la pelota haya pasado la línea de fondo. El colmo de lo ridículo.


Lo más grave es que estas intervenciones suelen justificarse en nombre de la transparencia, la justicia o la protección del deporte. Es el mismo argumento que utilizan los planificadores políticos cuando pretenden intervenir cada aspecto de la actividad económica. Prometen mercados más justos, empresas más responsables y mejores resultados para todos. Sin embargo, la realidad suele ser distinta: cuanto mayor es la intervención, mayores son las distorsiones que se generan. El árbitro hiperactivo deseoso de protagonismo y el burócrata regulador inútil comparten el mismo defecto: ambos terminan creyendo que el sistema existe para servirles a ellos, cuando en realidad ellos existen para servir al sistema y velar por la fluidez de la misma. Ellos existen gracias a los jugadores, nunca es al revés.


Las Escrituras enseñan una verdad incómoda sobre la naturaleza humana: el hombre caído siente una permanente tentación de acumular poder y expandir su control sobre los demás. Esa tendencia no desaparece cuando alguien se pone un uniforme arbitral ni cuando ocupa una oficina estatal. Al contrario, muchas veces se fortalece. El problema no es solamente una regla absurda; es la mentalidad que cree que todo puede ser mejorado mediante nuevas restricciones, nuevas sanciones y nuevas formas de vigilancia. Esa arrogancia regulatoria ignora que los sistemas complejos suelen funcionar mejor cuando quienes los administran poseen intrínsecamente un nivel cultural, respeto por el prójimo, y conocimiento de sus límites de manera totalmente autónoma y libre.


En el mercado ocurre exactamente lo mismo. Los verdaderos protagonistas de la economía son quienes arriesgan capital, generan empleo, innovan y producen bienes y servicios. Cuando el Estado interviene más allá de sus funciones esenciales, introduce costos, obstáculos y cargas que terminan agotando a quienes sostienen la actividad económica. Del mismo modo que Paraguay debió correr más, gastar más energía y asumir mayores riesgos para compensar una expulsión aberrante, las empresas deben destinar recursos crecientes para sobrevivir a regulaciones que muchas veces no aportan absolutamente nada en términos de valor real. El resultado es menor productividad, menor crecimiento y menor prosperidad.


El fútbol no necesita árbitros protagonistas. Necesita árbitros justos. El mercado no necesita Estados omnipresentes. Necesita Estados limitados e imparciales. Cuando quienes deben garantizar el orden se convierten en los principales generadores de obstáculos, el sistema comienza a deteriorarse. La FIFA parece olvidar que el espectáculo pertenece a los jugadores y a los aficionados, no a los dictadores ni a sus secuaces. Y muchos gobiernos olvidan que la riqueza la crean los ciudadanos y las empresas, no los decretos hechos por un Estado parásito. En ambos casos, la lección es la misma: cuando la autoridad abandona la prudencia y se enamora de su propio poder, termina perjudicando precisamente aquello que dice proteger.



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