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Indignación selectiva: El paraguayo solo acepta la humillación de sus gobernantes

  • 20 may
  • 5 min de lectura

Actualizado: hace 3 minutos

Por Pablo Cristaldo


Mientras las redes lloran por un pedazo de lona, el país se pudre en tiempo real. El paraguayo no tiene problemas en permitir que sus gobernantes lo humillen y lo tomen como idiota, pero se exalta cuando aparece un cartel con claras intenciones provocadoras, logrando desviar el foco de lo realmente grave.


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Cartel provocador expuesto en un sector de Ciudad del Este (Paraguay). Foto: Redes sociales.

Un pedazo de lona aparece en Ciudad del Este con provocación incluida —como tantas otras provocaciones fronterizas, comerciales, culturales o simplemente estúpidas que ocurren en cualquier zona de fricción— y de inmediato se activa el reflejo más predecible del paraguayo: indignación digital, patriotismo de emergencia, moralismo de teclado y una catarata de frases infladas sobre soberanía, honor y dignidad nacional hormonada por la narrativa nacionalista hegemónica de ciudadanos ultrajados en sus más elementales derechos naturales.


Cuando pensamos que ya hemos pasado por todo tipo de experimento social en épocas electorales, como ser canciones y bailes ridículos de candidatos, abrazos y apretones de manos que no son tales cuando las cámaras se apagan y terminan los comicios, u otro tipo de estratagema para captar los votos del ganado con fondos públicos, se activan nuestros instintos "patrióticos" producto del adoctrinamiento nazi del nacionalismo tolerante a la humillación individual. Básicamente nos toman por imbéciles a la par que defendemos un honor que no existe, salvo en las cuentas bancarias de la más rancia, deleznable y parásita política paraguaya.


El espectáculo es casi automático. Y precisamente por eso es preocupante.


Porque nuestra ya castigada energía emocional se consume en discutir un cartel y no se invierte en discutir lo que realmente está erosionando al país desde hace décadas. Se prefiere pelear contra un símbolo ridículo hecho por IA antes que contra una estructura tangible que produce la decadencia y la miseria cotidiana del paraguayo.


Debemos agradecer a Dios de que aún nos da lo necesario para vivir y contar la historia.


El cartel no vacía hospitales. No define el estado de la salud pública. No explica por qué un ciudadano puede tardar meses en conseguir atención digna o medicamentos básicos y no morir en el intento. No construye mediocremente ni deja caer a pedazos escuelas. No abandona a los paraguayos a un transporte público tetánico ni a las calles atestadas de delincuentes. No determina que la educación sea paupérrima y funcional a una simulación burocrática. No obliga a jóvenes a tomar una decisión existencial entre emigrar y romperse de su familia o resignarse a un mercado laboral deformado e intervenido por los inútiles de la política.


Eso lo hace otra cosa, otra gente. Son otros los que deben ser objeto de nuestro más primitivo repudio.


Un sistema donde el Estado dejó de ser una herramienta y se convirtió en un mecanismo de distribución de privilegios. Donde la lógica no es productividad o capacidad sino acceso. Donde el mérito compite en desventaja estructural contra la cercanía política, la lealtad partidaria o la simple capacidad de adaptarse al juego del favor y el crimen legalizado.


Ese es el verdadero punto ciego de la indignación actual del paraguayo: es más fácil proyectar la rabia hacia un extranjero provocador que enfrentar la arquitectura interna que hace posible que ese tipo de escenas no signifiquen absolutamente nada en términos estructurales.


El problema es que somos olvidadizos y cobardes.


Cuando un país funciona con reglas claras, instituciones fuertes y una cultura de exigencia, un cartel es solo eso: un cartel. Molesto, tal vez ofensivo, pero irrelevante. Cuando un país está desgastado institucionalmente y sumido en un sistema ensañado en despojar la dignidad del paraguayo hasta reducirlo a nada, cualquier símbolo externo se convierte en excusa para evitar hablar del deterioro real y exteriorizar una rabia que no lo provocó un brasileño ocioso, sino una clase política que aborrece a sus gobernados. El deterioro real es económico, cultural y moral, no es propagandístico.


Económico, porque el aparato productivo sostiene una carga creciente de ineficiencia estatal, informalidad estructural y distorsiones que castigan al que produce y premian al que intermedia poder sin agregar valor alguno. Cultural, porque se ha normalizado la idea de que el progreso depende más del contacto que de la capacidad. Moral, porque el esfuerzo dejó de ser garantía de nada y eso inevitablemente erosiona el incentivo a construir a largo plazo, apelando al delito como algo válido para subsistir. Un país hecho pedazos.


En ese contexto, el joven que observa el sistema no aprende disciplina ni ambición sana. Aprende lectura de supervivencia: dónde hay padrino, dónde hay atajo, dónde hay salida del país. Ese aprendizaje se transmite en la observación diaria de cómo funciona realmente la movilidad social, no necesitamos que nadie nos venga con discursos desconectados de la realidad. La calle no miente.


El resultado es predecible: fuga de talento, desconfianza institucional y adaptación al mínimo esfuerzo útil. No por falta de capacidad, sino por falta de recompensa.


Mientras tanto, el aparato político sigue funcionando con una lógica distinta: maximización de permanencia, no de resultados. Eso genera un ciclo que se retroalimenta. Más dependencia, más gasto improductivo, más presión sobre el sector privado, menos dinamismo económico, más frustración social. Un modelo que no necesita conspiraciones para ser destructivo; le basta con su propia inercia. Al político sólo le basta existir para ser un estorbo, no necesita montar carteles, aunque también lo hace, contaminando y polucionando en todo lugar. No un cartel, miles, que sí salen del bolsillo de los paraguayos.


Y en medio de eso, la conversación pública se desplaza hacia lo simbólico, porque no hay nada fáctico que defender. El engaño estatista de hacer creer que defendiendo incondicionalmente una bandera, automáticamente tendremos un mercado justo y oportunidades para todos, mientras que los propulsores de esta realidad alterada surfean sobre los billetes producto del despojo y el robo avalado por leyes milimétricamente diseñadas para el efecto.


Un cartel extranjero termina ocupando más espacio mental que la estructura que condiciona la vida diaria de millones de paraguayos, estén o no en suelo paraguayo. No porque el cartel sea importante, sino porque es más simple de procesar. Tiene responsables claros, emoción inmediata y una narrativa fácil. El sistema, en cambio, es complejo, difuso y exige aceptar responsabilidades incómodas, atendiendo a que no hemos recibido instrucción para comprender cabalmente esta realidad. Esto no sorprende en un Paraguay que ocupa, estratégicamente, los últimos lugares en calidad educativa del mundo.


Ahí está la verdadera asimetría. La indignación simbólica selectiva ofrece alivio emocional sin costo intelectual. La crítica estructural exige lo contrario: abandonar excusas externas y mirar el funcionamiento interno con frialdad y criterio.


Por eso el problema no es que exista un cartel provocador. El problema es que el país siga siendo más reactivo a eso que a su propio caos interno. Indigna más una imagen ficticia que la miseria real en la cual estamos sumidos. La soberanía individual (la que realmente importa) no se pierde por provocaciones externas. Se degrada cuando una sociedad pierde capacidad de exigencia hacia sí misma y hacia su clase gobernante.


Y en ese punto, la discusión sobre un cartel ya es irrelevante. Lo relevante es por qué sigue siendo tan fácil desviar la atención colectiva hacia un simple cartel y perder de foco a una organización criminal causante de todos nuestros males, la política.

Una indignación selectiva como la nuestra representa la victoria de los políticos, pues es justamente eso lo que quisieron de nosotros. El cartel de un brasileño es horrible, pero la humillación sistemática de la política paraguaya sobre sus ciudadanos es "amor puro".


Despertemos ya.


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