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Pan, Circo y Poder: la liturgia política del entretenimiento en el Paraguay de Peña

  • hace 10 minutos
  • 4 min de lectura

Por Pablo Cristaldo


Mientras la dirigencia política paraguaya celebra eventos deportivos internacionales y fotografías de alto impacto mediático, el país sigue enfrentando problemas estructurales que ninguna transmisión televisiva puede resolver. La antigua fórmula romana de "pan y circo" parece haber encontrado una nueva expresión en el Paraguay contemporáneo: subsidios para contener el descontento y espectáculos deportivos para capturar la atención pública.


Pan y Circo
El presidente Santiago Peña (izquierda), Gianni Infantino, presidente de la FIFA (centro) y Marco Rubio, secretario de Estado de los EEUU (derecha), disfrutando del encuentro entre Paraguay y EEUU por el Mundial de Fútbol en suelo estadounidense. Foto: Bitácora Uruguay,

La historia demuestra que los gobernantes han comprendido desde hace siglos una verdad elemental: los pueblos distraídos cuestionan menos. En la antigua Roma, el concepto de panem et circenses describía la estrategia mediante la cual las élites imperiales distribuían alimentos y organizaban espectáculos masivos para mantener apaciguada a una población cada vez más dependiente del Estado. Dos mil años después, la tecnología ha cambiado, los estadios son más modernos y las cámaras más sofisticadas, pero la lógica política permanece sorprendentemente intacta. En Paraguay asistimos a una sucesión constante de eventos deportivos internacionales promovidos con entusiasmo por el gobierno, mientras la presencia física del presidente Santiago Peña en estas celebraciones parece convertirse en un componente esencial del espectáculo mismo.


El deporte constituye una herramienta extraordinariamente eficiente para la construcción de legitimidad política. Ningún gobernante ignora que una fotografía junto a una copa, una inauguración multitudinaria o una ceremonia deportiva generan una conexión emocional inmediata que ninguna conferencia sobre reformas institucionales puede producir. El ciudadano promedio difícilmente se emociona con debates sobre seguridad jurídica, independencia judicial o reducción del gasto público; en cambio, un estadio repleto, una competencia internacional o una ceremonia de premiación producen una sensación instantánea de orgullo colectivo. El resultado es que la política deja de concentrarse en resolver problemas para concentrarse en administrar emociones. El gobernante pasa de ser un administrador de la cosa pública a convertirse en una figura omnipresente dentro del espectáculo nacional.


La insistencia del presidente Peña en participar personalmente de numerosos eventos deportivos, incluyendo su presencia en competencias internacionales y celebraciones vinculadas al fútbol, proyecta precisamente esa imagen. No se trata únicamente de asistir como jefe de Estado a acontecimientos relevantes; se trata de una estrategia comunicacional donde el mandatario aparece constantemente asociado a símbolos de éxito, celebración y reconocimiento internacional. El mensaje implícito es poderoso: mientras el país festeja, el presidente festeja con él. Sin embargo, la pregunta que una ciudadanía madura debería formularse es otra: ¿cuánto tiempo de gestión y cuánto capital político se están invirtiendo en la construcción de una narrativa de entusiasmo permanente mientras persisten desafíos fundamentales en educación, infraestructura, salud, informalidad económica y calidad institucional?


La analogía se vuelve aún más evidente cuando observamos el otro componente de la ecuación romana: el pan. En la antigua Roma, el pan no era un acto de generosidad, sino una transferencia financiada por recursos extraídos de la propia sociedad. De manera semejante, programas como Hambre Cero son presentados como conquistas sociales destinadas a aliviar necesidades legítimas, pero rara vez se discute con igual intensidad el origen de esos recursos. El Estado no genera riqueza; la redistribuye después de haberla extraído mediante impuestos, deuda o inflación. El "pan" moderno continúa siendo financiado por el trabajo de quienes producen valor. Así, mientras una parte de la población recibe beneficios visibles, otra asume silenciosamente el costo de sostenerlos.


La teología reformada aporta una crítica aún más profunda. La Escritura enseña que el poder civil posee funciones legítimas: castigar al malhechor, proteger la justicia y preservar el orden. No fue instituido para convertirse en proveedor mesiánico ni en organizador de una felicidad colectiva artificial. Cuando el Estado comienza a presentarse simultáneamente como proveedor del sustento y administrador del entretenimiento, invade esferas que exceden su mandato. La tentación permanente de los gobiernos consiste en ocupar el lugar de la providencia divina, ofreciendo seguridad material y satisfacción emocional a cambio de dependencia política. El problema no es solamente económico o institucional; es espiritual. El ciudadano deja de mirar hacia la responsabilidad personal, la familia, la iglesia y la comunidad, para mirar cada vez más hacia el poder político como fuente de bienestar.


Por supuesto, organizar eventos deportivos no es intrínsecamente negativo, ni combatir el hambre constituye una causa reprochable. El problema aparece cuando ambas cosas se convierten en instrumentos de construcción de poder. Roma no cayó porque repartía pan ni porque organizaba espectáculos; cayó porque sus instituciones se degradaron mientras las masas eran entretenidas y dependientes. Toda sociedad que celebra más de lo que evalúa, que aplaude más de lo que fiscaliza y que se emociona más de lo que analiza, corre el riesgo de repetir ese mismo patrón. La verdadera prosperidad de una nación no se mide por la cantidad de cámaras enfocando un estadio ni por la magnitud de sus programas asistenciales, sino por la fortaleza de sus instituciones, la libertad de sus ciudadanos y la capacidad de las personas para prosperar sin depender permanentemente del favor del poder político.

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