top of page

Del oficio al ruido: la degradación del periodismo paraguayo y la pérdida del rigor en el lenguaje, el análisis y la comprensión de lo complejo

  • hace 11 minutos
  • 4 Min. de lectura

Por Pablo Cristaldo


La creciente banalización del periodismo en Paraguay se expresa en el deterioro del lenguaje, la falta de cuidado formal, la improvisación intelectual y la incapacidad de abordar con profundidad temas como la historia, la política y la religión, reduciendo el debate público a opiniones rápidas, simplificaciones constantes y un flujo de información sin mediación crítica ni densidad conceptual.


Romina Mendoza en GEN
Convertir la historia paraguaya en contenido ligero para redes no es divulgación: es reducción y distorsión. La falta de rigor se nota cuando la ironía reemplaza el contexto y la explicación desaparece. El resultado no es crítica histórica, sino banalización de procesos que requieren estudio serio y responsabilidad intelectual. Captura.

El periodismo paraguayo atraviesa una degradación que ya no puede ser disimulada con eufemismos ni con nostalgia de tiempos supuestamente mejores. Lo que se observa hoy no es simplemente una “crisis del sector”, sino una pérdida sistemática de su objetivo inicial, del rigor, de forma y de criterio, y me refiero a "objetivo inicial" como el deber de instalar el debate en la opinión pública. Y esa pérdida tiene consecuencias directas sobre la calidad de este debate público, consecuencias que se notan a la primera a la hora de forzar a algunos temas sensibles y necesarios que requieran cierta abstracción y conocimientos que lo conduzcan a buen puerto.


Un ejemplo reciente de esta deriva es la circulación de contenidos en redes sociales donde figuras sin formación histórica sólida asumen el rol de divulgadores y, en ese proceso, reducen episodios complejos del pasado paraguayo a piezas de entretenimiento. El caso de Romina Mendoza, difundido ampliamente en plataformas digitales, ilustra cómo la ironía, la payasada y el formato breve pueden terminar sustituyendo al análisis, transformando hechos históricos en caricaturas narrativas. Más allá de la persona, el fenómeno revela un "GEN" estructural: la creciente legitimación de voces que, bajo la apariencia de cercanía y espontaneidad, erosionan la seriedad del tratamiento histórico y contribuyen a una comprensión superficial y ridícula del pasado colectivo.


Una de las fallas más evidentes es la banalización del lenguaje. La palabra, que en el periodismo debería ser herramienta de precisión, se ha convertido en relleno. Se habla mucho, se dice poco. La dicción descuidada no es un detalle estético: es el síntoma de una relación superficial con el oficio. Cuando el lenguaje se degrada, también se degrada la capacidad de pensar con claridad. Y eso se refleja en entrevistas pobres, titulares simplistas y análisis que no resisten una mínima revisión lógica o profunda.


El problema no es únicamente de forma. La falta de respeto por las formas es, en realidad, la expresión visible de una falta de respeto por el contenido y por el público. El periodismo que no cuida cómo dice las cosas termina, inevitablemente, sin cuidar qué dice. Y en ese proceso, se pierde la precisión necesaria para abordar temas complejos.


Esto se vuelve especialmente grave cuando se entra en terrenos como la historia, la política o la religión. Tres campos que exigen, por definición, densidad conceptual, conocimiento histórico y capacidad de abstracción. Sin embargo, gran parte del tratamiento mediático reduce estos temas a chistes de mal gusto, consignas, emociones inmediatas o lecturas superficiales. Se reemplaza el análisis por la opinión instantánea, el contenido de calidad por entretenimiento barato y la comprensión racional por la reacción animal.


El resultado es un discurso público empobrecido. La historia deja de ser un material de consulta para evitar errores pasados en simple bufón de circo mendicante de likes; la política deja de ser un espacio de discusión sobre modelos de sociedad y se transforma en una competencia de relatos paupérrimos en busca de votos. La religión, por su parte, queda reducida a anécdotas o a polémicas coyunturales, sin ningún intento serio de comprensión teológica o histórica. En ambos casos, el periodismo actúa más como amplificador de ruido y multiplicador de idiotas que como herramienta de clarificación.


También hay una desidia intelectual difícil de justificar. No se trata de exigir erudición académica a cada periodista (no se puede pedir mucho), pero sí un mínimo estándar de preparación para abordar temas que no admiten improvisación. La tendencia a opinar y crear contenido sin marco teórico, sin contexto, sin seriedad y sin lectura previa produce un tipo de comunicación que prioriza la espontaneidad y el show, despreciando la profundidad y el rigor técnico. Rompen todo, arrastrando a su audiencia a su mismo nivel de cretinismo, destruyendo su capacidad de pensar profundo y luego no se hacen cargo.


A esto se suma un problema estructural: la lógica de la inmediatez digital. La urgencia por publicar primero ha desplazado la obligación de publicar bien. En ese entorno, la verificación pierde peso frente a la velocidad, y la reflexión cede ante el impacto. Pero el hecho de que el entorno sea adverso no elimina la responsabilidad profesional; simplemente la hace más necesaria. Resta decir que ser responsables y serios no vende, tal es el caso de este medio, por dar ejemplos.


El periodismo, en su sentido más serio, no es un escenario para la expresión libre sin filtro. Es una disciplina de mediación entre la realidad y el público. Cuando esa mediación se debilita, el público no recibe información, sino fragmentos desordenados de realidad, que terminan condicionando su propia calidad de vida.


La conclusión es incómoda pero inevitable: mientras no se recupere el respeto por el lenguaje, por la forma y por la complejidad de los temas, el periodismo seguirá perdiendo su función central, estorbando el progreso más que potenciarlo. No será un cuarto poder, ni un contrapeso, ni una herramienta de esclarecimiento. Será apenas un eco amplificado de la confusión y la ignorancia rampante de nuestra sociedad.


Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page